Los NFT pasaron de moda para muchos cuando explotó la especulación. Sin embargo, en 2025 se reafirman como contenedores de derechos. La cuestión no es si un JPG vale millones, sino qué permisos o beneficios encapsula el token. En España y LATAM vemos casos donde un NFT funciona como llave, credencial o membresía, y el arte es solo la capa visible. El valor nace de la utilidad y de la interoperabilidad.
En eventos, un NFT puede ser la entrada y, tras su uso, mutar a recuerdo coleccionable que desbloquea descuentos o acceso prioritario. Esto se gestiona con contratos que validan si el token fue canjeado. En educación, certificados emitidos como NFT no transferibles permiten a empleadores verificar la autenticidad sin intermediarios. En suscripciones, un NFT con vencimiento otorga acceso a contenido premium, y su renovación se automatiza con notificaciones on-chain o por email.
Para marcas, la segmentación respetuosa emerge cuando una comunidad opta por demostrar pertenencia firmando mensajes con su wallet. No es necesario conocer datos personales: basta con comprobar si una dirección posee ciertos NFT. Esto mejora la privacidad y reduce el fraude. Además, las regalías en reventa pueden alinearse con metas de sostenibilidad, como destinar un porcentaje a ONGs cuando un ítem cambia de manos.
El diseño importa. Un buen NFT de utilidad ofrece un dashboard claro: estado, vencimiento, beneficios y acciones disponibles. Las wallets integradas con email y recuperación social bajan la barrera de entrada para personas que no dominan seed phrases. El estilo neon-futurista no solo decora: guía atención, resalta llamadas a la acción y transmite el carácter de marca. Microanimaciones en hover o en la confirmación de firma refuerzan confianza.
La interoperabilidad es la clave de 2025. Los estándares ERC-721 y ERC-1155 garantizan que el NFT pueda leerse en múltiples entornos. Si una marca emite un pase, debería funcionar en varias billeteras y permitir que socios lo reconozcan fácilmente. Los metadatos deben ser resistentes: alojados en IPFS o Arweave, y con una política clara de actualización. Un metadato dinámico puede reflejar logros o niveles, pero la gobernanza de esos cambios debe ser transparente para no traicionar expectativas.
Riesgos y cumplimiento no se ignoran. La emisión de NFT como valores está sujeta a normativa. En Europa, MiCA aporta definiciones, y los proyectos prudentes separan utilidad de promesas financieras. El soporte al cliente en español y las guías paso a paso reducen fricciones y estafas. La experiencia mobile-first es ya obligatoria: escaneo de QR en entradas, verificación instantánea y fallback offline cuando hay mala conexión.
Mirando a los próximos meses, las integraciones con DeFi abrirán nuevas posibilidades: usar un NFT como colateral para un microcrédito, o recibir airdrops por participación verificable. La frontera entre comunidad y producto se difumina cuando la propiedad se comparte. No todo requiere Blockchain, pero cuando el token resuelve identidad, acceso y portabilidad mejor que una base de datos cerrada, la elección es clara.
En síntesis, los NFT sobreviven a la moda porque resuelven problemas antiguos con una herramienta nueva: objetos digitales con derechos programables, portables y verificables. Si el usuario entiende qué obtiene y cómo usarlo, si la experiencia es fluida y si el proyecto cumple con la ley, el NFT deja de ser un acrónimo confuso y se convierte en infraestructura cotidiana.